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Pinturas rupestres bajo amenza microbiológica

PINTURAS RUPESTRES BAJO AMENAZA MICROBIOLÓGICADurante miles de años, algunas cuevas han albergado un importante patrimonio en forma de pintura rupestre, lejos de influencias externas. Con la apertura al público de esas cuevas se ha iniciado una alteración del equilibro existente en sus ecosistemas originando, entre otros problemas, la proliferación de cierto tipo de bacterias que ponen en peligro la conservación de este legado prehistórico. En esta línea han trabajado María del Carmen Portillo y Juan M. González, junto con otros investigadores del Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología (CSIC) de Sevilla, centrando su trabajo en la microbiología ambiental.

De manera aproximada se estima que en un gramo de suelo puede haber mil millones de bacterias, pertenecientes a entre diez mil y cincuenta mil tipos diferentes. Si a esa enorme diversidad bacteriana le sumamos que la mayoría de las bacterias no son cultivables en el laboratorio, debido a que se desconocen sus condiciones ideales de crecimiento, sus asociaciones con otras bacterias o los nutrientes que necesitan, el problema no ha hecho más que empezar.

En disciplinas como la microbiología, como apunta el profesor González, los investigadores “sabemos demasiado poco” ya que, entre otras cosas, las especies catalogadas no alcanzan las cuatro mil. Y es que mediante cultivos tradicionales tan sólo se llega a detectar menos del 1% de los microorganismos. Haciendo un simil, la microbiología actual estaría aún en sus inicios, es decir, a un nivel similar al que se encontraban los botánicos y zoólogos antes del viaje de Charles Darwin (cuyo bicentenario se celebra este año).

Por ello, proponer soluciones a cuestiones como las que afectan a las pinturas rupestres no es tarea fácil. “Las cuevas han permanecido cerradas durante mucho tiempo, por eso al hacerse visitables se han introducido nuevas variables como cambios de temperatura, variaciones en el contenido de CO2 en el interior, y la creación de corrientes de aire que introducen partículas del exterior entre otros factores, lo que facilita el desarrollo de algunas bacterias, bien de aquellas que ya estaban allí, bien de otras recién llegadas”, señala Mª Carmen Portillo. Es esta descompensación en el equilibrio original del ecosistema de las cuevas la que propicia, junto con otros factores, que las bacterias se desarrollen llegando a formar colonias sobre paredes y pinturas.
 

Soluciones complicadas


En este sentido, el problema al que se enfrentan los gestores del patrimonio a la hora de diseñar estrategias de conservación es que la diversidad es tan elevada, que no hay soluciones sencillas ni definitivas. “Para definir una estrategia de actuación que ayude a preservar las pinturas rupestres, es esencial determinar la respuesta de los microorganismos en su conjunto a los tratamientos que se realicen”, señala la investigadora. “Si considerásemos que sólo ciertas bacterias afectan negativamente a las pinturas, y se tomasen medidas específicas contra ellas, podríamos indirectamente favorecer el desarrollo de otras con consecuencias impredecibles y, en muchos casos, incluso peores que las anteriores”, aclara. Un ejemplo de este tipo de actuación es el caso de la cueva de Lascaux, en la que tratamientos con biocidas para eliminar ciertos microorganismos dieron lugar a una grave invasión de hongos.


Para paliar estos inconvenientes y ser capaces de detectar a la mayoría de las bacterias, distintos investigadores han propuesto el empleo de métodos moleculares basados en el análisis de secuencias de ADN de dichos microorganismos, según comenta Juan M. González. Recientemente, estos investigadores han propuesto el análisis de secuencias de ARN que permite detectar aquellas bacterias con actividad metabólica. “La comparación de análisis basados en ADN y ARN proporciona información sobre las bacterias que se están desarrollando y las que están presentes pero que sólo pueden llegar a crecer si las condiciones ambientales cambian“, señala el investigador. No obstante, para estos científicos del Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología de Sevilla, “lo mejor que se puede hacer con el arte rupestre es dejarlo como está”, como ha sido sugerido anteriormente por otros investigadores. Pero si la curiosidad humana no lo permite, y siguiendo las ideas antes definidas, se plantean métodos alternativos, tales como visitas controladas y grupos reducidos, de modo que estos ecosistemas sufran las menores alteraciones posibles.

Domesticar las bacterias

Aunque los microorganismos pueden plantear problemas como el expuesto, lo cierto es que durante siglos el ser humano se ha valido de las bacterias para su propio beneficio. Es el caso del queso, del vino o su empleo en numerosos procesos biotecnológicos, por poner algunos ejemplos. En este sentido, Juan M. González y Carmen Portillo también trabajan en el descubrimiento y utilización de microorganismos, fundamentalmente, de aquellos que viven en ambientes extremos.

“Resulta interesante investigar las bacterias que viven en ambientes extremos porque se salen de lo normal, tienen características únicas, por ejemplo, algunas pueden vivir a altas temperaturas, como las termófilas, capaces de crecer incluso a más de 100ºC. Estos ambientes no permiten el crecimiento del resto de bacterias”, señala Portillo.

En concreto, estos científicos han realizado investigaciones en zonas volcánicas de las Islas Canarias o en aguas termales, por ejemplo, de Tailandia, “Lo que hacemos es analizar la diversidad microbiana en sentido amplio y avanzar poco a poco para determinar qué características y propiedades poseen estos microorganismos extremos”, subraya González, quien no duda en afirmar: “Un mayor conocimiento de estas bacterias tiene gran interés en biotecnología, ya que sus moléculas son muy estables, lo que amplia sus posibilidades de utilización”.



Fuente: Andaluciainvestiga.com



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