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Sudáfrica y los milenarios trazos en piedra de Kamberg

La luz del sol brilla en las gotas de agua que caen en el borde del acantilado. Pintados en la roca detrás de una pequeña catarata hay un par de elands, los antílopes más grandes de África. Detrás de ellos hay dos figuras humanas apenas visibles.

“Este es un lugar sagrado”, dice Raphael Mnkhati, un guía del Centro de Pintura Rupestre de Kamberg. “El agua es importante para toda la vida, y fue importante para la gente que vivió aquí”.

La pequeña cueva detrás de la catarata es sólo una de los miles de esos refugios secretos escondidos en las montañas Drakensberg-Ukahlamba en Sudáfrica. Fueron el hogar de los San o bosquimanos, los habitantes originales de ese país, que huyeron a las montañas para escapar de otros africanos que se movilizaban desde el norte del continente y de los colonos blancos que llegaban desde el cabo.

Los bosquimanos fueron arrasados en los incontables conflictos que enfrentaron.

Hoy son un pueblo diezmado, pero su legado permanece en las vibrantes pinturas que dejaron en las paredes de piedra de sus refugios. “Es difícil determinar la antigüedad de estas pinturas”, explica Raphael. “Algunas pueden ser de hasta 8,000 años”.

Regadas en esas montañas hay cerca de 60,000 imágenes individuales, visibles en 600 lugares diferentes. Los artistas usaron sangre y grasa de elands y también arcilla blanca, excrementos de pájaros y carbón como pigmentos. Las líneas delicadas de las figuras fueron hechas con ramas, púas de puercoespín y plumas de avestruz.

Los científicos creen que estas figuras fueron creadas por los bosquimanos mientras que estaban en estado de trance, y que las pinturas reflejan la profunda de reverencia de esas personas a la belleza y el poder del mundo natural que los rodeaba.

Más arriba en la montaña, escondida en una cresta está un fresco impresionante de cazadores, antílopes y figuras místicas, conocidos como teriántropos, que son seres parte humanos y parte animales.

Las pinturas están a lo largo de una larga galería en la roca que se extiende por al menos 30 metros bajo el techo de piedra. Recrea una vista espectacular de los altos picos y del valle distante bajo la montaña.

“No puedes tocar nada, o recoger nada aquí, es como una iglesia”, nos cuenta Raphael. “Y por eso es que es importante para los bosquimanos. Todavía hoy mucha gente se quita los zapatos cuando visitan este lugar, como señal de respeto”.

Uno de los paneles más misteriosos y mejor preservados en la serie de Kamberg muestra a una figura mítica humanoide jalando la cola de un eland. Algunos científicos creen que eso es un signo de recreación humana, casi un deporte, creado por el artista –o los artistas- en un estado trascendental de conciencia.

Raphael ha estado viniendo aquí por años, y ahora estudia el arte rupestre en todo el mundo, pero la belleza de este regalo ancestral perdido por generaciones no ha desvanecido para él.

“Los bosquimanos son muy especiales”, dice mientras mira el amplio paisaje que se abre bajo la montaña, “porque vivían aquí, en paz, en las montañas. Todos somos del mismo origen. Me siento muy orgulloso de este lugar y de la pintura rupestre que está aquí”.



Fuente: Genera Noticias



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